CARTA A UN CANDIDATO SOBRE UN DESAPARECIDO

Reflexión del profesor Jorge Mejía Toro acerca de la desaparición de su hermano. “Es justo reivindicar la orientación democrática de aquellos luchadores, pero tanta insistencia suena rara en tiempos de campaña…”

Por: Jorge Mejía Toro – Docente Instituto de Filosofía, Universidad de Antioquia
08/09/2015
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Señor candidato:

Usted publicó en la página de su campaña un escrito titulado “Les pregunto a las Farc: ¿Dónde está José?”, y yo siento que es mi deber responderle con algunas precisiones y cuestionamientos.

Mi hermano José Gabriel Mejía Toro, a quien usted llama amigo, no era “menudo” ni de “tez blanca”, como lo recuerda usted, sino de piel morena, buena estatura y complexión sólida y resistente. Aunque lucía barba y pelo largo, no tenía más “aire de Cristo” que muchos de igual apariencia.

Hay que pensar que también la memoria desaparece, para entender que un amigo se equivoque sobre cosas tan evidentes como el aspecto del amigo o tan importantes como sus actividades.

José no perteneció a “unos grupos cristianos”, sino, concretamente, al grupo Almatá, compuesto en su mayoría por bachilleres de los colegios Calasanz y Bolivariana que hacían trabajo social en los barrios populares. A él llegó José a raíz de la alfabetización que hizo en el barrio París y de él salió a trabajar un año con campesinos. Después empezó a estudiar economía, y no, como afirma usted, literatura.

Si no se movían de la cafetería Tronquitos, no entiendo por qué usted tardó en saber de su desaparición. Menciona, de repente, un ajetreo por la ciudad y el país que no daba tregua para “contar detalles a los allegados”. Pero la desaparición de un amigo no es propiamente un detalle y, menos, de esos que no quede tiempo para contarlos.

Atribuir a mi hermano “una coquetería que sería su perdición” es una ligereza que desentona irremediablemente con la gravedad y contundencia del título de su escrito. La coquetería, por lo demás, no se satisface con mujeres feítas como las que, según se decía, le gustaban a mi hermano (apreciación que lo tenía sin cuidado), ni tampoco con “la belleza que da la conspiratividad [sic.], el olor a pólvora”.

Su manera de referirse a D. S.y a la relación de mi hermano con ella es de mal gusto: “¿Se encoñó? Pero esa vieja es fea”. Si mi hermano, un hombre tan manso, como usted reconoce, se enamoró de una guerrillera, ¿por qué decir que su perdición fue la coquetería? ¿Y fue por sexo que no la dejó sola en Bogotá?

La perseguían las Farc por disidente y temía estar en la lista de “Javier Delgado”, quien veía infiltrados hasta en la sopa. Estaba también (si realmente era guerrillera) en la mira de los agentes del estado. Fueron por ella y se llevaron también a mi hermano, quien, según se dijo entonces, quería que ella se saliera de la guerrilla. ¿Cuál es realmente el propósito de preguntarles a las Farc, sobre el telón de fondo de los diálogos de paz, por la suerte de José? ¿Cuáles son “todos los indicios” que permiten atribuir con certeza su desaparición a ese grupo y no a los otros dos posibles ejecutores?

Tal vez habría que preguntarle a mucha gente dónde está José. En la Universidad de Antioquia, el movimiento estudiantil y los diversos grupos que allí actúan no han reivindicado nunca el nombre de mi hermano. Esto es sospechoso. Como lo es también la llamada que alguien le hizo a mi mamá, y que la destrozó, para decirle que a José lo habían tirado al Cauca. Añadió (¿para consolarla?) que no lo habían torturado mucho.

Finalmente, ¿por qué insistir, de manera reiterativa, en que mi hermano quería ser concejal en nombre del movimiento de Héctor Abad Gómez, quien, según se afirma, aspiraba en ese entonces a la Alcaldía de Medellín? Es justo reivindicar la orientación democrática de aquellos luchadores, pero tanta insistencia suena rara en tiempos de campaña.

Confío en que usted corrija las equivocaciones de su escrito que afectan la memoria de mi hermano y mantenga el interés en aclarar su desaparición más allá de la coyuntura electoral.Ya es de agradecer que no la atribuya a crímenes pasionales, como es costumbre entre la intelectualidad parroquiana, que a eso reduce los asesinatos políticos y de ese modo mata una y otra vez a las víctimas.

“La historia de José está olvidada porque sus victimarios fueron guerrilleros”, dice usted. También está olvidada porque creíamos entonces que había que seguir viviendo. Ahora que la vida pasó, piensa uno, sin ser desagradecido, que no era tan necesario vivirla. Era más necesario que otros hubieran podido vivirla.Ojalá su bondad renazca en nuestros hijos póstumos.

Pero no todo es olvido, porque hay por lo menos una mujer que no ha olvidado a José ni un solo día y, sobre todo, ni una sola noche, así no haya tenido nunca con quién hablar de él.

Medellín, 3 de septiembre de 2015