EL ASESINATO DE LUIS EDUARDO YAYA

LUIS GUILLERMO PÉREZ CASAS
Testimonio de vida de Josué Giraldo Cardona
Equipo Nizkor
8 de agosto de 1997
http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/josue.html.

Luis Eduardo era dirigente de la Federación de Trabajadores del Meta. Era un forjador de sindicatos desde los años sesenta. Conjuntamente con Plinio Murillo impulsaron el sindicalismo agrario. También era fundador de la Central Unitaria de Trabajadores, CUT y miembro de su dirección. Cuando se desató el genocidio contra la Unión Patriótica, Luis Eduardo creó los primeros comités de Derechos Humanos en el Meta. En particular denunció de manera muy fuerte una masacre que cometió el Ejército en 1988 en el Alto Ariari, en la que acabaron con la familia de Belarmino Prieto: con él, su esposa y sus tres hijos. En la escena del crimen no les preocupó siquiera dejar evidencias de su participación y dejaron gorras, cantimploras y reatas marcadas con la identificación del Ejército Nacional.

Luis Eduardo denunció al ejército y a un grupo paramilitar de El Dorado y de Cubarral, entre ellos al Inspector de Policía de El Dorado por haber ejecutado la masacre. Él sabía que esa denuncia, además de su lucha sindical, le significaba una sentencia de muerte. Recibió las primeras amenazas y se le sacó de la ciudad. Pero no aguantó vivir fuera del Llano. Hay una ley inexorable de los Llanos que él asimiló: se debe tener valor, hombría para resistir hasta el final. Regresó y se compró una pistola para defenderse en caso de un atentado.

Mi amistad con Luis Eduardo fue muy estrecha porque yo colaboraba en el Ceis, que tenía la sede en Festram -Federación Sindical de Trabajadores del Meta- donde daba cursos sindicales.

Un mes antes de su muerte, Luis Eduardo salía del sindicato y se encontró con un sicario de frente. Los dos desenfundaron las armas, se apuntaron, y por miedo a matarse el uno al otro, ambos salieron corriendo. Quince días antes llegó a mi oficina muy pálido, a punto de desmayarse; me paré para tranquilizarlo. Dos sicarios lo habían ido a buscar a la Federación; unos minutos antes lo había llamado un periodista muy amigo para advertirle que para su oficina iban unos hombres armados. Él alcanzó a salir antes de que los sicarios entraran, previo a lo cual llamó a la policía. Lo que la gente testimonió es que la policía llegó y recogió a los paramilitares para decirles que tenían que aplazar el atentado porque habían sido descubiertos.

Ocho días antes de su muerte, terminando la reunión de un plenario de la Unión Patriótica, Luis Eduardo se paró a decirnos que lo iban a matar, que estaba claro que sería en esos días. Una semana atrás le habían retirado el escolta del Das. Almorzamos juntos ese día, en compañía de Ricardo Rodríguez. Yo le invité a comer frijoles porque le gustaban mucho (es lo que más conservo de mi ascendencia paisa: comerme unos buenos frijoles en buena compañía) y para conversar y analizar lo que podríamos hacer. Saliendo del restaurante, los hombres que iban a matarlo estaban rondándolo. En el momento, un Senador del partido Liberal por el Meta, Alfonso La Torre pasaba con sus escoltas y saludó a Luis Eduardo, al que conocía hacía varios años. Luis Eduardo tenía relaciones con la clase política porque había sido concejal de Villavicencio y diputado del Departamento por la Unión Patriótica. Luego supimos que no le dispararon por no matar al Senador.

El día de su asesinato yo salía a dar un curso al Ceis. Cuando iba a salir, a las 7:30 de la mañana, los vecinos vinieron a avisarme que habían atentado contra mi amigo, el que venía mucho a la casa. Yo estaba esperando que llegara mi escolta: salí de todas formas prevenido y vi en la esquina gente rara: corrí en la otra dirección y llegué al palacio municipal para hablar con el alcalde, que también era amigo de Luis Eduardo. Él consiguió un par de escoltas y un vehículo, y llegamos al sitio del atentado. Lo acababa de recoger una ambulancia que lo llevó al hospital; cuando allí llegamos nos informaron que acababa de fallecer.

Luis Eduardo salía de la casa manejando su carro, estaba echando reversa cuando llegó el primer sicario y le rompió el vidrio delantero. Luis sacó su pistola, pero no tenía ninguna experiencia en el manejo de armas. El sicario se la quitó, y con su misma pistola lo acribilló. Otros sicarios también se acercaron y le descargaron las armas. Los asesinos se movilizaban en un Toyota amarillo que dejaron más tarde abandonado en la ciudad. Lo recogió la Sijin y lo llevó a Puerto López, donde lo quemaron para no dejar rastro.

Una vez más habían sido inútiles todos los llamados de protección que hicimos al gobierno central y departamental. Todas las denuncias ante los aparatos de justicia y de control de nada valieron. Todos los llamados a la Fuerza Pública para que respetase y protegiese su vida fueron infructuosos.

El Gobierno Nacional se hizo presente en su entierro enviando como delegado al ministro de Trabajo para darle las condolencias a la viuda y a los huérfanos. Nos reunimos con el Gobernador, Carlos Javier Sandoval, para que nos dijera cuándo le iban a poner fin al genocidio. Sólo dijo que eso no era culpa de él ni de la Fuerza Pública.

Habíamos acordado pagar en las radios departamentales las ceremonias de despedida de Luis Eduardo. Nos encontrábamos discutiendo sobre esto, cuando casualmente uno de nuestros compañeros de la Unión Patriótica escuchó al Gobernador que hablaba con la secretaria, María Cruz, la misma del asesinato de Julio, advirtiéndole que cuando estuviese reunido con nosotros entrara diciendo que acababa de recibir una llamada del ministerio de Comunicaciones prohibiendo la transmisión radial de las exequias de Luis Eduardo por disposiciones del Estado de Sitio, que estaba vigente. Así, efectivamente lo hizo. El Gobernador Sandoval, con el mayor desparpajo de su cinismo criminal, nos dijo que lo sentía muchísimo, pero que cumpliendo órdenes superiores él no podía permitir que se transmitiera al pueblo Llanero la ceremonia de las honras fúnebres. Hicimos un mitin de protesta, se denunció la patraña, y finalmente terminaron aceptando que la ceremonia se pudiese transmitir.

En el entierro habló Manuel Cepeda, acusando directamente a la VII Brigada y a la IV División de ser los asesinos de Luis Eduardo y del genocidio contra la Unión Patriótica. La plaza estaba repleta, miles de personas que fueron a rendirle el homenaje de despedida a un hombre que luchó toda su vida por los derechos humanos de los trabajadores. También estaba completamente militarizada. El teniente Coy estaba al mando del operativo; después supimos que participó directamente en el asesinato del Senador de la Unión Patriótica, Pedro Nel Jiménez, en 1986; mientras Manuel hablaba se abrió paso con la tropa entre la muchedumbre haciendo ademanes de que irían a disparar. La gente huyó despavorida. No se mató a nadie más, pero se nos saboteó nuestra ceremonia. Terminamos recluidos en la iglesia bajo la protección del obispo.

Yo salí en ese entonces de Villavicencio durante dos meses; los otros miembros de la Dirección Departamental de la Unión Patriótica hicieron lo mismo. En mi ausencia mataron a uno de nuestros dirigentes, Jairo Cruz, nuestro tesorero, un muchacho de grandes calidades humanas, que se había quedado. Implementamos como costumbre retiros temporales en tiempos en que la represión incrementaba, como una manera de prolongar la vida sin dejar morir nuestro proyecto político.

En 1989 atentaron contra Humberto Orejuela, que era el único diputado que nos quedaba – el resto, para la época habían sido eliminados. Humberto fue uno de los guerrilleros reinsertados que había sobrevivido. Lo abalearon frente a su casa: recibió tres impactos de bala y se le pudo sacar a Bogotá, donde se le salvó la vida; sin embargo murió hace cuatro meses en una prolongada y dolorosa agonía.

Por los mismos días se atentó contra Jorge González, quien había sido parlamentario por la Unión Patriótica, que se salvó y salió de la ciudad. No hemos vuelto a tener noticias de él,